Se mueve, camina, no para de desplazarse; con una frecuencia de paso rápida y acelerada para las horas de la noche en las que está. Cuando llegan esos instantes es cuando entra en su habitación y se calza sus zapatillas más cómodas; piensa que llega su mejor momento. Cierra la puerta. Ya se encuentra en la calle. Le fascina la ciudad medio dormida, los coches proyectan luces de color rojo; aprecia que todos descansan. A la sazón, se muestran a la noche prácticamente la misma gente: el personal de recogidas de basura y algún transeúnte que se cruza al trazar su itinerario inalterable.
Se siente a gusto con su andar controlado, observando ese mundo latente que, en su pausa, da un respiro a la ciudad. Todavía regresan trabajadores con tránsito relajado, provienen de oficios que llevan la contra a la luz del día y se inmiscuyen en la noche. A menudo, se ven dueños de perros regalándole el momento final del día al animal; éste se siente, no obstante, ansioso por soltar sus piernas y corretear. Se acercan a los últimos transeúntes en bajar sus basuras a los contenedores y, como detectives, acechan sus bolsas para olfatear alguna novedad. Luces de todos los colores iluminan la ciudad y ruidos de motores toda la noche permanecen.
Lleva aproximadamente diez minutos de marcha, aparece el primero; la iluminación de la urbe disminuye disimulando su parte más oscura. Se acerca a él, éste se le muestra con medio cuerpo a la intemperie. El frío se apodera de la luna y hace tiritar su cuerpo; coge un cartón viejo y reconstruye su techo arrugado. Ya con el cobijo reestablecido, y observando su dormir insensible, le acerca una manta recubriendo su piel seca y sus músculos doloridos. Rápida y sigilosamente se aleja; prosigue su camino.
Apenas cien metros después, lo diviso. Le conozco desde hace tiempo, sé de sus carencias y errores; pero, también, reconozco sus virtudes. Cuando se levanta todas las mañanas, le encanta comprarse su pan recién hecho y olerlo segundos antes de empezar su desayuno. En su pasado, trabajó en una panadería; el aroma de la cocción le recuerda otros tiempos. Me aproximo, nunca se despierta; su ronquido incesante me mantiene alerta. Me agacho y le guardo en su bolsillo un euro, su pan de cada día.
La mitad de las luces ya están apagadas. El susurro del viento se apodera del ruido de las máquinas. Todavía las chimeneas con humo colorean de gris y blanco los techos de las casas. Ya he perdido la cuenta y la hora. Me aproximo a una tienda de conveniencia, de esas que están abiertas las veinticuatro horas del día. Necesito comprar pilas para mi linterna descargada. Sigo mi camino, dos kilómetros después utilizo mi propia luz para poder ver y proseguir entre cañas y acequias. Lo busco, aún ni lo encuentro; tal vez sea el más complicado y escurridizo. En ocasiones, desde el ras de la oscuridad en la huerta, tiene la tentación de abandonar; pero, mientras él resista, el caminante le mantiene su pulso. Con el paso de la noche, la búsqueda es más difícil, y el cansancio más presente; pero, sobre todo, la soledad. Decisivamente, la constancia obtiene sus frutos; aparece en el hueco del canal. Me siento a su lado, miro a la luna y con su luz le observo. Con dificultad y mucha paciencia he podido indagar en su vida; es muy reservado. Le curo las heridas propias de un terreno escabroso. Está lo suficientemente cerca de la ciudad y, a la vez, alejado de ella. Aún no acabo de entender sus gustos por la huerta, la distancia que recorre y qué le une a ella.
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