Hace bastante tiempo que lo íbamos buscando. Los amigos nos reuníamos todos los días, después del trabajo, en nuestro local preferido. Ahora, con la treintena, empezábamos conversando sobre la situación personal de cada uno. Siempre acabábamos añorando aquellos tiempos anteriores, en los cuales cada cosa que realizábamos juntos estaba llena de esa novedad que aportaba
Eran las doce del día siguiente. A partir de las doce y media, nos separaron, y a cada uno de nosotros nos introdujeron en una sala en la cual había una pantalla gigante. El tiempo pasaba y permanecía oscura. Empecé a desesperarme; pero la puerta estaba totalmente cerrada. Después de trece horas, continuaba en el mismo sitio. Me dormí. No habrían pasado horas, y un ruido hizo que me despertara, se había entreabierto la puerta, y apareció un vaso con un líquido de color negro en su interior. Entendí que, para continuar con el juego, debía ingerir aquella sustancia; pero la prueba ya no tenía ninguna gracia, es más, era bastante inquietante. Espere tres horas antes de la decisión; pero, al final inquieto, lo tomé.
Tenía encajado algo semejante a una mascarilla en
Su cara ya era irreconocible, y de cirujano pasé a una situación mental inadmisible para mis principios. Por otra parte comprendía que no tenía sentido oponerme a mi destino, incluso ya estaba en parte ansioso ante mi inmediata y novedosa transformación potencial. Inesperadamente, y todavía excitado, estaba naciendo en mí capacidades horrorosas para mis valores morales; sin embargo, no disfrutaba al máximo desde hacía mucho tiempo. Empezaba a notar cierta capacidad olfativa sobrenatural, olía la sangre de una manera muy intensa, y mi cuerpo no paraba de zigzaguear de una manera ambigua y descontrolada. Rodeaba el cuerpo imberbe con movimientos de cabeza vigilantes. Con el paso de cada segundo las oscilaciones se aceleraban. Respiraba con una mayor profundidad, hasta que, en un instante, mi cabeza se acercó a la pierna del cadáver y la mordió bruscamente. En la primera tentativa no conseguí profundidad en la mordedura; pero mi ansiedad por devorar creció hasta el punto que, al tercer intento, conseguí arrancar la piel y empecé a engullir la carne apetitosa. Proseguí con los miembros superiores, hasta que, al final, machaqué su cara engulléndome sus dos ojos de una manera insaciable. ¡En que me había transformado? Estaba agotado por el esfuerzo; pero, sobre todo, por el resquicio de remordimiento que permanecía en mi reflexión; en frente, un instinto incontrolable. Al momento, desvanecí sin apenas darme cuenta.
Me desperté, recapacité, entendía que todo había regresado a su lugar de partida. El inconveniente estaba en encajar lo sucedido la noche anterior. Se encendió la pantalla, enorme, y una grabación desde un plano superior reproducía…, lo sucedido. Horrorizado, observé, una y otra vez, aquello tan atroz. La reproducción no se detenía ni por un sólo momento. El espanto seguía. Llevaba visionando aquella barbarie aproximadamente sobre tres noches. Al límite, en esa habitación limpia donde exclusivamente permanecía mi persona físicamente, decidí el final de mi experiencia. Me acerqué a las paredes laterales del habitáculo; mi cabeza empezó a golpear de manera decidida contra los tabiques. Advertí como descendía la sangre de mis sienes. Volví a chocar por segunda vez, y en esta ocasión, con más fuerza. Por fin, noté la rotura de la nariz y mis pómulos. En los siguientes encontronazos, empezaron a caer los dientes; el chorreo de mi boca era constante. Tan sólo sentí un último estacazo, fue liberador…
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