sábado, 13 de septiembre de 2008

Azar



Hace bastante tiempo que lo íbamos buscando. Los amigos nos reuníamos todos los días, después del trabajo, en nuestro local preferido. Ahora, con la treintena, empezábamos conversando sobre la situación personal de cada uno. Siempre acabábamos añorando aquellos tiempos anteriores, en los cuales cada cosa que realizábamos juntos estaba llena de esa novedad que aportaba la inexperiencia. Entonces, ya sabíamos que a estas alturas, y nos parecía inquietante, pocas situaciones nos estimulaban y nos sorprendían. Héctor, que era del grupo el más emprendedor en aventuras y propenso al riesgo, insistió que debíamos hacer algo diferente, innovador. Afirmaba vehementemente que la situación de resignación no era más que un deterioro en la búsqueda de oportunidades de diversión. También teníamos claro que cualquier experimentación debía estar separada del consumo de drogas. Para nosotros, la cocaína ya no era una novedad aconsejable; sus efectos pasaron a ser no recomendables. A partir de todo esto, acordamos que en el próximo encuentro, cada uno de nosotros debería aportar una actividad que nos proporcionara una experiencia nueva y atractiva que, por supuesto, debíamos de realizar en grupo. Ya eran las once, nos despedimos rápidamente encomendándonos al día siguiente.

Eran las doce del día siguiente. A partir de las doce y media, nos separaron, y a cada uno de nosotros nos introdujeron en una sala en la cual había una pantalla gigante. El tiempo pasaba y permanecía oscura. Empecé a desesperarme; pero la puerta estaba totalmente cerrada. Después de trece horas, continuaba en el mismo sitio. Me dormí. No habrían pasado horas, y un ruido hizo que me despertara, se había entreabierto la puerta, y apareció un vaso con un líquido de color negro en su interior. Entendí que, para continuar con el juego, debía ingerir aquella sustancia; pero la prueba ya no tenía ninguna gracia, es más, era bastante inquietante. Espere tres horas antes de la decisión; pero, al final inquieto, lo tomé.

Tenía encajado algo semejante a una mascarilla en la boca. Al parecer, se trataba de un aislante médico. En mi mano derecha, poseía un utensilio de quirófano. Allí me encontraba todavía medio atontado, y en la mesa de operaciones; un cuerpo de un joven completamente adormecido y a la espera de una intervención. Estaba inmóvil; pero, sobretodo, estaba desubicado. Ya no entendía nada de lo que ocurría, intenté retirarme, dar un paso atrás; pero mis piernas no respondían a las órdenes de mi voluntad. Permanecía atrapado en mi propio organismo sin controlar mis actos. Mi brazo se separo de mi tronco, al parecer, pretendía empezar con una incisión en la pierna del paciente. El bisturí se acerco al chico. Entonces, comprendía que debía evitar el acto que iba a realizar; pero lo único que llegaba a conseguir es que la mano me temblara de una manera incontrolada, por lo que decidí calmarme y dejar que el proceso continuara de una manera natural. Simplemente, podrían ser imaginaciones que en un instante desaparecerían. Parecía tan verosímil…, me inicié realizando un corte profundo en la parte del estómago, todo, de una manera sutil y segura. El resultado, hasta el momento, aparentaba correcto, hasta que un segundo después, ¡tan rápido!, toda la maestría en el manejo del bisturí derivó en la habilidad real que yo poseía para dichas tareas; es decir, prácticamente nula. En aquel instante, mi utensilio se convirtió en un puñal despiadado que empezó a desgarrar todos los músculos del paciente. La sangre chorreaba por toda la mesa de operaciones, sin que mis brazos dejaran de acuchillar y destrozar aquel cuerpo joven y pulcro. Ante tal monstruosidad, parte de los órganos, entre ellos el hígado, se descolgaron cayendo a mis pies. Mi vómito se esparció por toda su figura, uniéndose a las sustancias sanguinarias que charqueaban la sala. Mis sentidos estaban a punto de un colapso, cerca de un trastorno mental irreversible. Pero todo empeoró cuando el joven despertó en medio de la carnicería y se puso a gritar; yo proseguía con la tarea encomendada, hasta llego un punto que parecía sentirme más cómodo. ¿Disfrutaba de la situación?, su ser pasó del grito al sollozo intermitente, hasta que se desmayó.

Su cara ya era irreconocible, y de cirujano pasé a una situación mental inadmisible para mis principios. Por otra parte comprendía que no tenía sentido oponerme a mi destino, incluso ya estaba en parte ansioso ante mi inmediata y novedosa transformación potencial. Inesperadamente, y todavía excitado, estaba naciendo en mí capacidades horrorosas para mis valores morales; sin embargo, no disfrutaba al máximo desde hacía mucho tiempo. Empezaba a notar cierta capacidad olfativa sobrenatural, olía la sangre de una manera muy intensa, y mi cuerpo no paraba de zigzaguear de una manera ambigua y descontrolada. Rodeaba el cuerpo imberbe con movimientos de cabeza vigilantes. Con el paso de cada segundo las oscilaciones se aceleraban. Respiraba con una mayor profundidad, hasta que, en un instante, mi cabeza se acercó a la pierna del cadáver y la mordió bruscamente. En la primera tentativa no conseguí profundidad en la mordedura; pero mi ansiedad por devorar creció hasta el punto que, al tercer intento, conseguí arrancar la piel y empecé a engullir la carne apetitosa. Proseguí con los miembros superiores, hasta que, al final, machaqué su cara engulléndome sus dos ojos de una manera insaciable. ¡En que me había transformado? Estaba agotado por el esfuerzo; pero, sobre todo, por el resquicio de remordimiento que permanecía en mi reflexión; en frente, un instinto incontrolable. Al momento, desvanecí sin apenas darme cuenta.

Me desperté, recapacité, entendía que todo había regresado a su lugar de partida. El inconveniente estaba en encajar lo sucedido la noche anterior. Se encendió la pantalla, enorme, y una grabación desde un plano superior reproducía…, lo sucedido. Horrorizado, observé, una y otra vez, aquello tan atroz. La reproducción no se detenía ni por un sólo momento. El espanto seguía. Llevaba visionando aquella barbarie aproximadamente sobre tres noches. Al límite, en esa habitación limpia donde exclusivamente permanecía mi persona físicamente, decidí el final de mi experiencia. Me acerqué a las paredes laterales del habitáculo; mi cabeza empezó a golpear de manera decidida contra los tabiques. Advertí como descendía la sangre de mis sienes. Volví a chocar por segunda vez, y en esta ocasión, con más fuerza. Por fin, noté la rotura de la nariz y mis pómulos. En los siguientes encontronazos, empezaron a caer los dientes; el chorreo de mi boca era constante. Tan sólo sentí un último estacazo, fue liberador…

No hay comentarios: