sábado, 13 de septiembre de 2008

Círculos

Bolas caen sin cesar, no paran de caer, cada vez son más grandes, enormes. Cierro los ojos fuertemente, y un color amarillo genera laberintos y destellos de luminosidad. Lo que se repite continuamente es un desfilar de objetos que no consigo detener. Hastío, cansancio y habitualidad. Espero la noche para poder disfrutar de un intercambio de nuevas experiencias, cada cual más desconcertante. Tanta previsibilidad diurna machaca mi pensamiento. Necesito perder el control, para posteriormente ordenar mis sentidos.

Se me acerca el oso, y de un zarpazo, me abre por la mitad. En esos momentos, cae sobre mis pies el hígado, estómago, intestinos, y el riñón se transforma en una fuente que chorrea un color amarillento y putrefacto. Me recupero, aparto mis brazos de mi cuerpo, los incrusto en mi interior, separo mis costillas…, el esternón; forcejeo, arranco mis pulmones y aguanto sin respirar, ya cuelgan de mis manos. Supongo que soportaré sobre minuto y medio, máximo, dos minutos. De pequeño, jugaba aburrido sobre la media noche; contaba cuanto tiempo aguantaba sin respirar. Creía, firmemente, que me hacía más fuerte, además, practicaba para aquellos juegos de piscina veraniegos que ganaba aquel que más resistía sin respirar debajo del agua. No es la situación presente, así que acerco y choco mis dos pulmones entre sí; empezando el pasodoble. Marco el tiempo con ellos, ritmo negra a ciento ochenta. Mis labios silban la melodía, noto que algo es inexacto; falla. No es la afinación, sino el goteo constante de la sangre al golpear sistemáticamente los platillos pulmonares. Sangre, más sangre, que se diluye en una orgía de órganos de difícil distinción.

Sale una cría de canguro, de un salto, de mi hueca cavidad, se resbala en el charco sanguíneo; y se parte en dos su pata derecha. Ésta se separa de manera acelerada; la cría rechina de dolor, desesperada. Poco a poco, con el transcurrir del momento, se va calmando. De la herida, empiezan a sobresalir amagos de movimientos. Se trata de pequeñas tarántulas, que una tras otra, son expulsadas de manera violenta. Se acercan a la charca y se detienen. De repente, advierto como se me hincha la pierna, algo aprieta de manera salvaje a la altura de la rodilla. Entonces, apenas, se atisba una lengua nerviosa que se corcovea dentro de mi terror, a los segundos; se asoma la cabeza de una culebra que no para de zigzaguear. En esos instantes, el resto de mis piernas no parar de rehuir, mientras, mi cuerpo ensangrentado tropieza contra todas las enfermeras de la residencia. Al final consiguen retenerme, y con un mordisco bestial, una de ellas me inyecta un sedante, que me deja relajado, disoluto, duermo…

¡Ahh!, hincho las mejillas. El reloj es observado, sin esfuerzo, economizando oxígeno. Cuarenta y cinco segundos; un minuto diez; veinte; ¡aaahhh!..., respiro, que alivio. Segunda vez, me tapo la nariz, aseguro el reto, que agotamiento. Aguanto el aire hasta vaciar mi mente y no sentir nada, sólo, ganas de que se acabe.

Abro mis pestañas, y allí estoy, sentado en medio del campo verde con árboles y todo tipo de animales alrededor. Todos ellos no paran de alborotar y correr de manera aleatoria, asimétrica. Chocan unos contra otros, caen y prosiguen desorganizadamente. Los caballos empiezan a rodearme y protegerme formando un círculo frente a toros sin cornamenta y cuerpos ensangrentados. Solo, las ratas han conseguido sobrepasar la barrera, de modo sutil se dirigen hacia mí. Mi cabeza erguida no permite visualizar el suceso; pero mis vértebras sufren la erosión producida por sus dientes. Devoran mis huesos. Mi garganta tensa bloquea su paso, desesperado, hacia mi cerebro. En esos momentos, noto pinchazos intermitentes en mi nervio óptico, ya han llegado; mi ojo derecho me muestra al izquierdo, riéndose a carcajadas espumosas de incontinencia. Ya no observo nada, ha sido mi última visión. Asumo que pierdo sensaciones, no relaciono mis pensamientos; ya no escucho nada. Corretean mi corteza cerebral, negro, y me diluyo…

Aparece un revoloteo, sin detenerse, sobre augurios de un cielo gris. Camino lentamente ayudado por una vara de algarrobo; sus aspas se me clavan tibiamente. Llovizna sobre mi cabello gris. Llego y llamo a la puerta, aparece el barbudo. Se separa de la puerta, entro y mi acerco sin pausas. Me siento en la silla preparada, agacho mi cabeza sujetándola con mis manos. Estas aprietan mis sienes hasta bloquear mi pensamiento. Cierro los ojos, vuelven a bajar esferas, círculos sin parar. Círculos, y más círculos.

Disección

Todo empezó con un ¡ay!, nadie sabía de qué se trataba. A partir de ese momento, comenzó a aparecer dentro de ella una sensación de estupor. En ese instante, se dio cuenta de que algo ocurría, y se miró al espejo. Tenía clavado un cuchillo en la cabeza, justo en la frente; pero, aparentemente, no salía sangre de la herida. Se acercó su amiga Ángeles y apretó aún más el cuchillo sobre su cerebro.
— ¿Ahora sientes el dolor? —le preguntó.
— Todavía no — Contestó ella.
En estas situaciones, era cuando se daba cuenta de que debía dejar las drogas, sobre todo aquellas cuyos efectos producían alucinaciones macabras.

Estaba exhausta, viendo como toda sudada no podía ni moverse. A partir de ahí, la desesperación; su sistema nervioso empezaba a pasar factura a su cuerpo; no tenía movilidad en sus miembros. Aunque, por otra parte, conseguía poseer habilidades especiales: su cabeza era capaz de girar 180 grados sólo con el pestañeo del ojo derecho. Se encontraba echa un lío, ya no diferenciaba si su persona estaba influenciada por los estupefacientes o su imaginación se había disparado de una manera descontrolada. Nada era igual.

Aún recordaba sus primeras ocasiones de consumo, cuando se enchufaba a la realidad de una manera optimista. Se veía fuerte y segura, con un don único y la alegría de emprender nuevas situaciones. De hecho, en cada nuevo intento, buscaba aquellas sensaciones; pero ya no era, ni por asomo, aproximado. No existían momentos plácidos ni vigorosos, como mejora aparecían experiencias menos malas. Se producía una acumulación de aquellas situaciones desesperadas que no sabía como afrontar. Su carácter había envejecido, ahora no le interesaba lo novedoso ni lo desconcertante. Lo que buscaba era seguridad, y ésta ya estaba fuera de su mente. Había perdido su capacidad cognitiva para hacer frente a los problemas y no tenía puntos de referencia sobre los que reafirmarse.

De vez en cuando, un destello le hacía recordar su personalidad fuerte, asociada a unos principios intocables. En aquellos tiempos, cualquier problema, conflicto o situación novedosa en su vida era un reto. Todo ello era el punto de partida para nuevas experiencias que agrandaban su satisfacción. Hoy, lo intentaba, lo buscaba; pero le era muy complicado no conectarse; su trabajo lo requería. Debía sentirse dinámica y especial todos los días, exuberante, capaz; le servía para vender el mundo y consumirse en él. Todo era grandioso, gratificante; pero la caída era bestial, tremenda…
Inmediatamente, sus preocupaciones habían desaparecido. El estado actual planteaba el dilema de sobrevivir a lo ganador, golpeando primero y con más fuerza a la realidad. El subidón le permitía batallar en un puesto de trabajo que no permitía errores ni debilidades.


Siempre, sobre todo en su trabajo, la habían considerado una persona con capacidad de autorreflexión, cabal, calculadora; pero, en los últimos tiempos, esa fortaleza se había esfumado. Pero aún le quedaban resquicios de su personalidad que le permitieron realizar un análisis sobre su situación actual. Tuvo, su mente, la lucidez suficiente para proyectar su vida en un futuro a corto plazo. Sabía el horizonte del cual debía escapar. El único y gran problema era la búsqueda de situaciones capaces de motivarla e implicarla en un proyecto que le infundiera las fuerzas que no tenía. Escudriñaba en sus recuerdos; pero, al instante, se dio cuenta de que éstos no podían ser el origen del método y, además, la fórmula hacia una recuperación; creer en un futuro posible.

Tras unos días, pensativa y con una suficiente estabilidad emocional, decidió dejar su trabajo y costumbres habituales. Aparcó, dejó fuera de su vida todo el entorno conocido hasta ese momento. Dudaba que esto fuera el origen de su desesperación; pero debía intentarlo. Recibió un importe de valor económico considerado que le permitía, inicialmente, sobrevivir a unos gastos rutinarios; fuera de la inercia desorbitada de consumo que había acarreado hasta el momento. A partir de la toma de decisiones, empezó una recuperación por el gusto en placeres hasta ahora poco habituales en sus disfrutes. Se habituó a leer libros de todo tipo de género, especialmente, con temática filosófica. Inicialmente, le ayudaba a mantener su mente ocupada en busca de un rumbo a seguir. Parece que se trataba, no tanto de un camino, sino de una señal lo que necesitaba; algo impactante y rápido en su pensamiento. Mantenía su frenesí desbocado en la lectura, con gran capacidad de absorción de ideas. Pero, al parecer, se trataba de un pasatiempo para su mente que, con el tiempo, devino en un escenario de angustia y pesimismo. De todos modos, tenía claro de donde venía, pero no hacía donde dirigirse.

Los textos escritos se acumulaban en sus reflexiones y eran capaces de generar ideas continuas; pero, llegado a un punto, percibió que su salida del abismo no podía partir del mero raciocinio de su mente. Necesitaba palpar su esperanza en la experiencia, en la observación; requería plasmación real y estudio del resultado buscado. Decidió que iba a observar a sus semejantes, analizarlos, desmenuzar todas sus acciones, formas de vida, culturas adquiridas…, quería indagar en aquello que producía la alegría y felicidad en ellos, sólo entonces, obtendría el origen o causa de dicho resultado. Parecía sencillo, se trataba de buscar en los fundamentos que daban como efecto un modo de vida pleno. En esos mismos instantes, ya recopilaba información.

Agudiza los sentidos, quieta, inmóvil; como un edificio que rodea y resguarda al humano. Recoge sus vivencias, es fósil perfilado por la experiencia semejante. Permanezco expectante, irreconocible, sin ser detectada; quiere ser piedra, hoja, viento, y, sobre todo, gato. Todo empieza, el vacío, el silencio, la quietud…, y aparece el viento, se dispersa, se mueve, se balancea, y crea el sonido. Estoy aquí, inmóvil. ¿Y ahora qué?

Discurre la primera situación, se nutre de su actividad, reflexiona; no entiende nada. Examina dos personajes con los mismos condicionantes vitales, experiencias y contexto. El primero, se siente alegre; el segundo, desdichado; pero, al final, se trata del mismo ser. Está encerrado en un espacio limitado donde suenan los teléfonos. Ahonda en todo a su alrededor, ve noticias actuales y se mantiene informado. Es esponja, su conocimiento aumenta, ya distingue patrones de sucesos y conductas repetidas. Las analiza, las entiende y vuelve a impregnarse; absorbe mucho más. Está repleto de conocimiento, vivencias, situaciones; todo, en su intelecto. Sin embargo, recolecta, está repleto de ideas, de entendimiento. Aunque es incapaz de generar, de romper, de aportar. Quiere ser participe y contribuir a cambiar situaciones observadas que no son permisibles. No quiere ser transmisor de información. No quiere ser el canal que visualiza los hechos; no quiere ser espectador.


Pretende dejar de ser piedra para pasar a ser viento, actuar, generar el hecho; explotar, expulsar. Por fin no le apetece contestar con si o no, necesita concebir sus propias cuestiones. Llega el momento, plantea preguntas; actúa, cambia, modifica y se revela. Pero qué ocurre, de repente, vuelve a ver todo en color gris, advierte, encaja información, más datos; se bloquea y acaba siendo piedra. Quizás tiene miedo a sentirse sola, a guiarse por el impulso. Analiza demasiado, controla, no quiere más sorpresas. Pasan los días, y qué; vuelve a entender y ser ducha en materias. Sigue siendo lo que es, y eso le asfixia, muere viviendo. Piensa, no actúa; no piensa actuar. Sabe que debe actuar; no para sobrevivir, sino para existir.

¡Zas!, resuena una estridencia. Me saca y salgo de su cabeza, ¡qué alivio! Dejo de ser espejo de sus pensamientos. Quiero ser cuchillo otra vez, sin nada que explicar. Vuelvo a ser lo que era; pero ella, ¿está muerta? Ahora piensa, disfruta de lo que es, de lo que hace, como vive, simplemente; ya no tiene un cuchillo en la cabeza.

Azar



Hace bastante tiempo que lo íbamos buscando. Los amigos nos reuníamos todos los días, después del trabajo, en nuestro local preferido. Ahora, con la treintena, empezábamos conversando sobre la situación personal de cada uno. Siempre acabábamos añorando aquellos tiempos anteriores, en los cuales cada cosa que realizábamos juntos estaba llena de esa novedad que aportaba la inexperiencia. Entonces, ya sabíamos que a estas alturas, y nos parecía inquietante, pocas situaciones nos estimulaban y nos sorprendían. Héctor, que era del grupo el más emprendedor en aventuras y propenso al riesgo, insistió que debíamos hacer algo diferente, innovador. Afirmaba vehementemente que la situación de resignación no era más que un deterioro en la búsqueda de oportunidades de diversión. También teníamos claro que cualquier experimentación debía estar separada del consumo de drogas. Para nosotros, la cocaína ya no era una novedad aconsejable; sus efectos pasaron a ser no recomendables. A partir de todo esto, acordamos que en el próximo encuentro, cada uno de nosotros debería aportar una actividad que nos proporcionara una experiencia nueva y atractiva que, por supuesto, debíamos de realizar en grupo. Ya eran las once, nos despedimos rápidamente encomendándonos al día siguiente.

Eran las doce del día siguiente. A partir de las doce y media, nos separaron, y a cada uno de nosotros nos introdujeron en una sala en la cual había una pantalla gigante. El tiempo pasaba y permanecía oscura. Empecé a desesperarme; pero la puerta estaba totalmente cerrada. Después de trece horas, continuaba en el mismo sitio. Me dormí. No habrían pasado horas, y un ruido hizo que me despertara, se había entreabierto la puerta, y apareció un vaso con un líquido de color negro en su interior. Entendí que, para continuar con el juego, debía ingerir aquella sustancia; pero la prueba ya no tenía ninguna gracia, es más, era bastante inquietante. Espere tres horas antes de la decisión; pero, al final inquieto, lo tomé.

Tenía encajado algo semejante a una mascarilla en la boca. Al parecer, se trataba de un aislante médico. En mi mano derecha, poseía un utensilio de quirófano. Allí me encontraba todavía medio atontado, y en la mesa de operaciones; un cuerpo de un joven completamente adormecido y a la espera de una intervención. Estaba inmóvil; pero, sobretodo, estaba desubicado. Ya no entendía nada de lo que ocurría, intenté retirarme, dar un paso atrás; pero mis piernas no respondían a las órdenes de mi voluntad. Permanecía atrapado en mi propio organismo sin controlar mis actos. Mi brazo se separo de mi tronco, al parecer, pretendía empezar con una incisión en la pierna del paciente. El bisturí se acerco al chico. Entonces, comprendía que debía evitar el acto que iba a realizar; pero lo único que llegaba a conseguir es que la mano me temblara de una manera incontrolada, por lo que decidí calmarme y dejar que el proceso continuara de una manera natural. Simplemente, podrían ser imaginaciones que en un instante desaparecerían. Parecía tan verosímil…, me inicié realizando un corte profundo en la parte del estómago, todo, de una manera sutil y segura. El resultado, hasta el momento, aparentaba correcto, hasta que un segundo después, ¡tan rápido!, toda la maestría en el manejo del bisturí derivó en la habilidad real que yo poseía para dichas tareas; es decir, prácticamente nula. En aquel instante, mi utensilio se convirtió en un puñal despiadado que empezó a desgarrar todos los músculos del paciente. La sangre chorreaba por toda la mesa de operaciones, sin que mis brazos dejaran de acuchillar y destrozar aquel cuerpo joven y pulcro. Ante tal monstruosidad, parte de los órganos, entre ellos el hígado, se descolgaron cayendo a mis pies. Mi vómito se esparció por toda su figura, uniéndose a las sustancias sanguinarias que charqueaban la sala. Mis sentidos estaban a punto de un colapso, cerca de un trastorno mental irreversible. Pero todo empeoró cuando el joven despertó en medio de la carnicería y se puso a gritar; yo proseguía con la tarea encomendada, hasta llego un punto que parecía sentirme más cómodo. ¿Disfrutaba de la situación?, su ser pasó del grito al sollozo intermitente, hasta que se desmayó.

Su cara ya era irreconocible, y de cirujano pasé a una situación mental inadmisible para mis principios. Por otra parte comprendía que no tenía sentido oponerme a mi destino, incluso ya estaba en parte ansioso ante mi inmediata y novedosa transformación potencial. Inesperadamente, y todavía excitado, estaba naciendo en mí capacidades horrorosas para mis valores morales; sin embargo, no disfrutaba al máximo desde hacía mucho tiempo. Empezaba a notar cierta capacidad olfativa sobrenatural, olía la sangre de una manera muy intensa, y mi cuerpo no paraba de zigzaguear de una manera ambigua y descontrolada. Rodeaba el cuerpo imberbe con movimientos de cabeza vigilantes. Con el paso de cada segundo las oscilaciones se aceleraban. Respiraba con una mayor profundidad, hasta que, en un instante, mi cabeza se acercó a la pierna del cadáver y la mordió bruscamente. En la primera tentativa no conseguí profundidad en la mordedura; pero mi ansiedad por devorar creció hasta el punto que, al tercer intento, conseguí arrancar la piel y empecé a engullir la carne apetitosa. Proseguí con los miembros superiores, hasta que, al final, machaqué su cara engulléndome sus dos ojos de una manera insaciable. ¡En que me había transformado? Estaba agotado por el esfuerzo; pero, sobre todo, por el resquicio de remordimiento que permanecía en mi reflexión; en frente, un instinto incontrolable. Al momento, desvanecí sin apenas darme cuenta.

Me desperté, recapacité, entendía que todo había regresado a su lugar de partida. El inconveniente estaba en encajar lo sucedido la noche anterior. Se encendió la pantalla, enorme, y una grabación desde un plano superior reproducía…, lo sucedido. Horrorizado, observé, una y otra vez, aquello tan atroz. La reproducción no se detenía ni por un sólo momento. El espanto seguía. Llevaba visionando aquella barbarie aproximadamente sobre tres noches. Al límite, en esa habitación limpia donde exclusivamente permanecía mi persona físicamente, decidí el final de mi experiencia. Me acerqué a las paredes laterales del habitáculo; mi cabeza empezó a golpear de manera decidida contra los tabiques. Advertí como descendía la sangre de mis sienes. Volví a chocar por segunda vez, y en esta ocasión, con más fuerza. Por fin, noté la rotura de la nariz y mis pómulos. En los siguientes encontronazos, empezaron a caer los dientes; el chorreo de mi boca era constante. Tan sólo sentí un último estacazo, fue liberador…

Encuentros en la noche


Se mueve, camina, no para de desplazarse; con una frecuencia de paso rápida y acelerada para las horas de la noche en las que está. Cuando llegan esos instantes es cuando entra en su habitación y se calza sus zapatillas más cómodas; piensa que llega su mejor momento. Cierra la puerta. Ya se encuentra en la calle. Le fascina la ciudad medio dormida, los coches proyectan luces de color rojo; aprecia que todos descansan. A la sazón, se muestran a la noche prácticamente la misma gente: el personal de recogidas de basura y algún transeúnte que se cruza al trazar su itinerario inalterable.

Se siente a gusto con su andar controlado, observando ese mundo latente que, en su pausa, da un respiro a la ciudad. Todavía regresan trabajadores con tránsito relajado, provienen de oficios que llevan la contra a la luz del día y se inmiscuyen en la noche. A menudo, se ven dueños de perros regalándole el momento final del día al animal; éste se siente, no obstante, ansioso por soltar sus piernas y corretear. Se acercan a los últimos transeúntes en bajar sus basuras a los contenedores y, como detectives, acechan sus bolsas para olfatear alguna novedad. Luces de todos los colores iluminan la ciudad y ruidos de motores toda la noche permanecen.

Lleva aproximadamente diez minutos de marcha, aparece el primero; la iluminación de la urbe disminuye disimulando su parte más oscura. Se acerca a él, éste se le muestra con medio cuerpo a la intemperie. El frío se apodera de la luna y hace tiritar su cuerpo; coge un cartón viejo y reconstruye su techo arrugado. Ya con el cobijo reestablecido, y observando su dormir insensible, le acerca una manta recubriendo su piel seca y sus músculos doloridos. Rápida y sigilosamente se aleja; prosigue su camino.

Apenas cien metros después, lo diviso. Le conozco desde hace tiempo, sé de sus carencias y errores; pero, también, reconozco sus virtudes. Cuando se levanta todas las mañanas, le encanta comprarse su pan recién hecho y olerlo segundos antes de empezar su desayuno. En su pasado, trabajó en una panadería; el aroma de la cocción le recuerda otros tiempos. Me aproximo, nunca se despierta; su ronquido incesante me mantiene alerta. Me agacho y le guardo en su bolsillo un euro, su pan de cada día.

La mitad de las luces ya están apagadas. El susurro del viento se apodera del ruido de las máquinas. Todavía las chimeneas con humo colorean de gris y blanco los techos de las casas. Ya he perdido la cuenta y la hora. Me aproximo a una tienda de conveniencia, de esas que están abiertas las veinticuatro horas del día. Necesito comprar pilas para mi linterna descargada. Sigo mi camino, dos kilómetros después utilizo mi propia luz para poder ver y proseguir entre cañas y acequias. Lo busco, aún ni lo encuentro; tal vez sea el más complicado y escurridizo. En ocasiones, desde el ras de la oscuridad en la huerta, tiene la tentación de abandonar; pero, mientras él resista, el caminante le mantiene su pulso. Con el paso de la noche, la búsqueda es más difícil, y el cansancio más presente; pero, sobre todo, la soledad. Decisivamente, la constancia obtiene sus frutos; aparece en el hueco del canal. Me siento a su lado, miro a la luna y con su luz le observo. Con dificultad y mucha paciencia he podido indagar en su vida; es muy reservado. Le curo las heridas propias de un terreno escabroso. Está lo suficientemente cerca de la ciudad y, a la vez, alejado de ella. Aún no acabo de entender sus gustos por la huerta, la distancia que recorre y qué le une a ella.

Quietud

Blanco, tal vez tenue. Así describiríamos la sensación de felicidad para él. Parecer ser que se trata de un individuo poco exigente en motivaciones. Sin embargo, lo tiene claramente decidido que debe ser así. El descubrió sus aspiraciones desde hacía tiempo. Pero, lo que realmente buscaba era la ausencia de hechos. La quietud y el inmovilismo es una virtud que permite permanecer ausente e invisible; no llamar la atención de alguna manera. La apariencia de felicidad le atormenta, sentirla reconoce que es momentánea. Todo ello despierta al factor alterante de la situación. Por ello vive para ser feliz sin mostrar, bajo resquicio alguno, síntomas de placidez. Su despreocupación está sujeta a tantos factores, que la no consecución de alguno machaca el conjunto. Analiza torpemente sus sentimientos ocultos, trastornan su pensamiento para posteriormente desorientar sus decisiones. Busca en el destino su miseria, en hechos infantiles su máxima sensibilidad. Se plantea en lo congénito el resultado actual; se trata de una combinación de factores que resulta su situación. Lo reconoce en sí mismo; él es su monstruo para sí mismo.

Abre la puerta; pisa lento, suave, casi ausente. El peso de su cuerpo no recae del todo sobre la superficie. Nota el silencio, aún lejos de la tranquilidad. Cuantos mecanismos preparados para hacer saltar la alarma. Esta vacío su cuerpo de toda vida. Se acopla su situación al silencio buscado. Ya está en el servicio y el camino se acorta. Palpa las paredes, se desplaza surcando una línea recta. Se diluye en su cama hasta permanecer inmóvil; se encuentra en la situación de salida. Sigue esperando la aparición de ellos. Sus ojos permanecen cerrados sin posibilidad de cambio; pero, no aparece todavía lo buscado; perseverará hasta que aparezcan, será una lucha dura pero constante.


Observa desde su balcón. Que altura tan desconcertante. Desde su mirada observa la sensación de miedo ante una caída irreversible. Ese momento de locura que da por terminado todo, en sus dos sentidos. Toda una vida se separa del final por un único instante, irrepetible; he ahí su libertad. Es cuando se siente fuerte y desdichado. Pero tiene por primera vez el control de la situación; como conseguir la situación neutra, el inmovilismo permanente. Por muchas estructuras mentales y procedimientos aprendidos en nuestra educación, así como en nuestra experiencia, todo queda reducido a un momento de locura o elocuencia; Es la diferencia tan notable como para no notarla. También se trata de un tema poco discutido, analizado. Se trata de decidir sobre situaciones sin retornos. En ocasiones, la sociedad las denomina para su interés males menores, asumir la realidad inequívoca del destino, destino elegido desde el interés humano.

Planetas


Tierra, año 3001: el cuerpo humano ya no necesita de alimentos para su subsistencia. Se consigue sobrevivir sin la ayuda de ningún tipo de recurso material, incluso, no se requiere oxígeno. El hombre no tiene obligación de trabajar para mantenerse, y ocupa su tiempo en diferentes labores. La tierra como era conocida ha desaparecido, no existe la antigua naturaleza. Sólo, la habita el hombre, y el control de la especie humana es regido por un ente central programado para mantener la vida tal como la conocemos. Toda la superficie es un mar enorme, contaminado por distintas sustancias peligrosas del pasado. Antiguamente en los océanos, según lo que establece en nuestra historia digital, vivían seres marinos .Permanecemos en unidades autónomas volantes que se mantienen y conservan a través de la energía solar. Desde estas unidades, estamos conectados a la unidad central para la transmisión de información, tanto para el mantenimiento, como para la solución de cualquier problema. La unidad modular central también nos proporciona diferente software que permite la programación de nuestras actividades. La mayor parte de mi tiempo, lo ocupo en unidades de ocio y disfrute, como cualquier otro individuo. En estas unidades virtuales, experimentamos todo tipo de vivencia. Se trata de un espacio preparado para el control y modificación del comportamiento de las neuronas cerebrales. De esta manera, podemos simular cualquier experiencia vital. El último software novedoso, y de más éxito, consiste en la observación y viaje virtual al resto de planetas de la galaxia, posibilitando el contacto visual con el resto de seres planetarios.

Ocurrió en mi primer viaje virtual, cuando conseguí conectar y conocer a ₴₴₴₴₴₴₴. Era el único componente de su estirpe, únicamente, se mantenían cuatro especies en su mundo. La superficie de su planeta estaba formada por un sustrato de tipo arenoso, solamente este componente les permitía sobrevivir. Sus aficiones se desarrollaban en el ámbito de la disciplina; no tenían ninguna escala de valores o moral establecida. Su evolución y vivencias se fundamentaban en observar e imitar acciones ajenas. El organismo se componía de un dispositivo programable para simular a través de la experiencia de otros seres; por ello, los contactos virtuales le permitían aprender otras formas de existencia. Trasladaba nuestro comportamiento humano a códigos programables. Otra característica sorprendente era su mutación y división de su dispositivo central en tantas partes como sensaciones necesitaba. En ocasiones, rompía su estructura orgánica en sectores que le permitían tener sentimientos diferenciados, realizar operaciones matemáticas, pasar de estado sólido a líquido, así como expresar todo tipo de sonidos; su organismo era como un caparazón cambiable que contenía energía regenerativa. Le explique la forma de vida de mis antepasados a través del concepto de historia. Su mundo no poseía civilización ni cultura, simplemente, se trataba de entes con capacidad acumulación de energía que les proporcionaba una inteligencia concreta de imitación.


En mis viajes conocí otro planeta especialmente inhóspito. En el, existía un ser que se alimentaba de tierra, de tipo rojiza, formada por elementos no conocidos. Sus tareas habituales eran mantener un nivel óptimo de particularidades en el entorno que permitiera la permanencia de las propiedades de la tierra. Cuando conocí a sus seres, la primera impresión fue la de una sociedad primitiva que convivía a la perfección con su medio. Al tiempo, me di cuenta que, simplemente, era la búsqueda de la supervivencia adaptada a un hábitat complejo. A los dos meses, y ante el éxito inicial del programa, se perfeccionó su funcionamiento; se consiguió que pudiéramos participar y contactar con una serie de nuevos planetas, hasta ahora, inaccesibles por su lejanía. Además se adecuo y se creo un tipo de lenguaje galáctico común que permitía ya no únicamente la observación, sino también la comunicación mutua. Por último, y como novedad más atractiva e impactante, se había logrado la experimentación paralela a través de la penetración en otros organismos. Esto permitía una vivencia equivalente a la del resto de seres de cada planeta; nos permitía poder sentir sus propias sensaciones.




Planeta Chass, según estadísticas el más visitado. La travesía virtual duró sobre siete días. Cuando llegué, estaba rodeado de diferentes formas de pirámides cristalinas que se desplazaban a una velocidad sorprendente; estaban por todas partes. Observé como se unían de vez en cuando creando objetos con formas diferentes. Permanecían durante un tiempo unidas y, posteriormente, se separaban. A los dos días aprendí a desplazarme, y ante una nueva conjunción de objetos, decidí integrarme en la formación común agregándome de una manera natural. En esos momentos de acople, sentí un poder infinito que permitió recrearme en otros tipos de objetos. Dada mi concepción de las matemáticas, decidí transformarme en un triangulo, cono, camión e infinidad de formas. Intenté convertirme en una figura a semejanza de mi forma humana, en esos instantes me convertí en un diamante. Posteriormente a esta experiencia, viaje a diferentes galaxias. Cada una tenía sus propias especificidades: desde planetas donde todos los componentes eran palos de un material flexible a aquellos en el que el componente líquido adoptaba conversiones con formas diferentes.


En mi último viaje, después de quince días, arribé a un nuevo mundo. Se trataba de un planeta que se había establecido la comunicación recientemente. Fue sorprendente, nos encontramos, al parecer, con una copia exacta de lo que fue en el pasado el planeta Tierra. Existía una naturaleza frondosa, repleta de árboles y plantas. Se confirmó que la población respiraba oxígeno y necesitaba de alimentos como los descritos en los libros de cocina antiguos. Decidí alargar mi estancia en este planeta; me encontraba a gusto. Los individuos trabajaban en unidades de producción y, a cambio, recibía una contraprestación en forma de metal con el cual podía acceder a otros recursos. Recordaba en mis lecturas que se trataba de un sistema económico denominado economía de mercado. Llevaba poco tiempo, y noté que existían características no contenidas en los manuales y enseñanzas. Parecía como diferentes mundos en uno. Observé que la población se acumulaba en urbes repletas; pero, al mismo tiempo, aparecían grandes espacios con poca densidad poblacional, nada que ver con la distribución racional de nuestras unidades. Los humanos vivían en casas, y por el día, las calles se inundaban de transeúntes que se dirigían a diferentes destinos oganizados de manera frenética.


Permanecí en la Tierra durante aproximadamente veinte años. La vida en ella era apasionante. Tenía una gran ventaja respecto a los que vivían allí: no necesitaba trabajar para subsistir. Dedicaba mi tiempo a conversar con la gente y experimentar nuevas emociones. En ocasiones, comía o bebía para no despertar sospecha. También me integraba en sus tradiciones heterogéneas. Empecé a sentir arraigo por aquella tierra y sus gentes, hasta el punto que intentaba ayudar en todo lo posible a mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Advertí como se destruía el entorno que en el futuro daría como resultado mi actual planeta. La diversidad era reemplazada por una globalización en la explotación de los recursos basados en unos perfectos mecanismos económicos de maximización de los beneficios. Toda la tecnología era utilizada para optimizar el aprovechamiento de todos los recursos, incluidos lo humanos. El resultado era que todo lo presente en el planeta era susceptible de explotación económica. Por lo visto, se potenciaba al máximo el consumo de bienes como motor y causa de la felicidad. A partir de mi visión de futuro, me dediqué de manera apasionada a advertir a los habitantes de la Tierra de las consecuencias de los procesos que se estaban produciendo; sus descendientes no conocerían esta maravillosa diversidad. Llegó un momento que logré que mi mensaje calara en la población. Participaba en su vida política y sus procesos de cambio social. Cuando la gente empezaba a tomar conciencia, y todo parecía que podía cambiar, empezó una campaña de desacreditación apoyada por la mayoría de los medios de comunicación. Sus argumentos hicieron mella en la población. La impotencia me reafirmó en mi objetivo; pero mi voz ya no era escuchada. Se me acusaba de ser una persona acomodada con mis necesidades perfectamente cubiertas, de pensar más en el planeta como tal que en la propia gente que lo habitaba. Tal vez estaban en lo cierto.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Decidir

Pensé; se trata de obtener el beneplácito de aquellos que rigen nuestros destinos. Se me acercó por cuarta vez en un mes. Nos habíamos encontrado en un bar de carretera, a quince kilómetros de la ciudad. En las últimas reuniones, estuvimos intimando sobre aspectos personales de mi situación. Cuando llegamos, únicamente, quedaba el encargado y un camarero que se apresuraba en limpiar el local; prácticamente nos quedaban dos horas.

—Entiendo que ya estás preparado, hemos elaborado bien y con minuciosidad todo el plan. Recuerda, debes estar concentrado y relajado al mismo tiempo— me dijo con confianza.

—No estoy tan seguro; pero de todas maneras no tengo elección, ¿verdad?— le insinué.

—Cuando te elegí, comprendí el tipo de persona que eras. Debes de hacerlo de una manera discreta. Analiza tantas veces como necesites la situación— me comentaba Ángel de manera pausada. Me trataba como un padre que aconseja sobre el que hacer ante una situación complicada a su hijo. Posteriormente, me entregó el sobre, lo que indicaba que esa sería la última vez en que nos encontráramos.

Ya tenía el dinero, ahora, sólo quedaba hacer mi trabajo como me habían enseñado, y mucha espera. La paciencia no era mi virtud, lo cual descubría como mis pensamientos se deterioraban ante las circunstancias. Después de dos semanas de inquietud, me dirigía hacía el lugar donde alcanzar mi objetivo. Estaba desquiciado; pero su futuro era irreversible aunque ella no lo supiera. Me acerqué a ella, y a su lado entablé una charla; fue fácil. Desde mi nerviosismo inicial, pasamos a una conversación más distendida. Pasaron tres horas, todavía me mantenía disertando con una encantadora mujer. Empecé a notar en mí una especie de atracción. Al parecer, también era recíproco por parte de ella. Todo quedo ahí, y nos despedimos con una sonrisa de gratitud por el tiempo que habíamos disfrutado. Más tarde, recapacitaba en la bañera del cuarto de baño de un lujoso hotel.

Volvimos allí. Otra vez, nuestras miradas y sonrisas estampaban una conexión especial entre los dos. Nos habíamos buscado, y había sido sencillo encontrarnos. Subimos, no pensaba en otra situación que la de hacer el amor con aquella mujer. Segundos después, nos besábamos de manera alocada, y, al poco tiempo, yacíamos con satisfacción en el suelo de la habitación; la complicidad era máxima. Me levanté indicándole que necesitaba ir al baño. Noté como su mirada se dirigía hacia mi cuerpo. Mientras, me encaminaba a recapacitar a solas. Miré de frente; observé el infortunio en mi rostro. Al momento volví a su lado con un cigarro en la boca, acercando mi cabeza a su hombro.

—Si supieras que éste es tu último día de tu vida. ¿Qué harías hoy?— le mencioné, de manera y con tono trascendental, aunque los dos notamos cierto nerviosismo en mis palabras. Ante la tardanza de su respuesta, la sequedad de mi garganta no me permitía continuar. Se quedó contemplándome y, por fin, sonrió.

—Acércate — nuestras frentes se pegaron, —seguiría haciendo el amor contigo hasta la extenuación; besándote, descubriéndonos, acercándonos, aprendiendo mutuamente— me susurro con una media sonrisa.

— ¿Y si yo fuera la persona que te va a quitar la vida, pensarías igual?— le pregunté con la mirada seria y desafiante.

—Si tuvieran que ser estos mis últimos momentos, quien mejor que tú para despedirme de mi existencia. Quiero morir feliz, y a tu lado, lo soy. A menudo, he soñado con mis últimos momentos; me aterrorizaba pensar la posibilidad de agonizar en un hospital debido a alguna enfermedad horrible. De esta manera, sería un trance feliz, aguardado.

Al momento, se adormeció; pero a mí, en cambio, me fue imposible conciliar el sueño. Mis pensamientos me descolocaban. Parecía que mi misión se simplificaba; hasta tenía la sensación que la victima no era tal, ¿era condescendiente con su final? Mi propia razón estaba justificando el hecho imperdonable, para el que me había preparado durante meses. Recordaba de mi aprendizaje que nunca debía concebir, en mi reflexión, la pregunta de porqué. Ahora, me la realizaba. Lo peor es que tenía una respuesta agradable; era consumador de los deseos de una mujer, tal vez inestable. Mi mente no pensaba con claridad. Tomé un vaso de whisky, y me dormí, aproximadamente, sobre las cinco de la mañana.

Cuando desperté, estaba en la cama, y a mi lado, ella…, se había encargado de preparar el desayuno. Se aproximó, y me dio un beso apasionado. Antes de empezar a desayunar, volvimos a liarnos con el sexo, varias veces. Eran las doce de la mañana, ya estaba exhausto. Desayunamos tranquilamente, disfrutando de una exquisita comida acorde al entorno donde nos encontrábamos. Necesitaba más tiempo para cavilar sobre todo aquello, aunque no estaba seguro de que mejorara la situación. Recapacitaba, pensaba en abandonar mi propósito; pero, al momento, reconocía que la realidad únicamente tenía un designio, y éste, pasaba por continuar donde estaba. En nuestras conversaciones, todavía no había aparecido ninguna cuestión personal. Ante mi interés, decidí plantear el tema; sin embargo, ella rehusó el contenido habilidosamente. Seguían pasando las horas en medio de juegos de diferentes tipos, y sobre todo, mucha confidencia agradable y madura. En un instante, involuntariamente, me fijé en la hora. Ya eran las nueve de la noche; el día había transcurrido de manera vertiginosa. La estancia en un espacio limitado tanto tiempo me producía cierta desesperación inquietante. Ella empezó a notarlo, y, al parecer, decidió tomar las riendas de la situación. Se acercó a mi lado, me echó en la cama y puso su cabeza sobre mi pecho; volvía a relajarme, lo necesitaba.

Me levanté, me dirigí a la barra de la cocina; todo estaba en orden. Saqué el compuesto y preparé dos copas de champagne. Rocié el preparado, lo removí. Palpé, en mis manos sudorosas, temblores y cierto grado de angustia; pero hacía lo que debía. Me acerqué con las dos copas a la cama. Se había despertado y sonreía con una mirada de complicidad asombrosa. Ya no tenía tiempo para dudas, así que me situé a su lado.

—Recuerdo tiempos buenos, y este va a ser uno más, tal vez, el más definitivo—suspiró ella.

—Tengo la sensación de empezar muchas veces; pero nunca, cuando acabar…, —mis lágrimas empezaron a delatarme. Ella me abrazó fuertemente.

—No tengas miedo, cada uno debe tener claro sus intenciones y propósitos antes de empezar, entonces sabrás cuando es el momento final. Es una elección.

Me levantó la cabeza con sus dos manos y me besó en medio de un suspiro. Fue eterno y aliviador. Quería que perdurara el momento hasta el infinito; pero entonces, acercó las copas sin dejar de besarme. Separó sus labios de los míos, y bebimos sin cesar. Nos tumbamos, debilitados. Nuestros dedos se entrelazaron; fue el desenlace para los dos.