jueves, 11 de septiembre de 2008

Decidir

Pensé; se trata de obtener el beneplácito de aquellos que rigen nuestros destinos. Se me acercó por cuarta vez en un mes. Nos habíamos encontrado en un bar de carretera, a quince kilómetros de la ciudad. En las últimas reuniones, estuvimos intimando sobre aspectos personales de mi situación. Cuando llegamos, únicamente, quedaba el encargado y un camarero que se apresuraba en limpiar el local; prácticamente nos quedaban dos horas.

—Entiendo que ya estás preparado, hemos elaborado bien y con minuciosidad todo el plan. Recuerda, debes estar concentrado y relajado al mismo tiempo— me dijo con confianza.

—No estoy tan seguro; pero de todas maneras no tengo elección, ¿verdad?— le insinué.

—Cuando te elegí, comprendí el tipo de persona que eras. Debes de hacerlo de una manera discreta. Analiza tantas veces como necesites la situación— me comentaba Ángel de manera pausada. Me trataba como un padre que aconseja sobre el que hacer ante una situación complicada a su hijo. Posteriormente, me entregó el sobre, lo que indicaba que esa sería la última vez en que nos encontráramos.

Ya tenía el dinero, ahora, sólo quedaba hacer mi trabajo como me habían enseñado, y mucha espera. La paciencia no era mi virtud, lo cual descubría como mis pensamientos se deterioraban ante las circunstancias. Después de dos semanas de inquietud, me dirigía hacía el lugar donde alcanzar mi objetivo. Estaba desquiciado; pero su futuro era irreversible aunque ella no lo supiera. Me acerqué a ella, y a su lado entablé una charla; fue fácil. Desde mi nerviosismo inicial, pasamos a una conversación más distendida. Pasaron tres horas, todavía me mantenía disertando con una encantadora mujer. Empecé a notar en mí una especie de atracción. Al parecer, también era recíproco por parte de ella. Todo quedo ahí, y nos despedimos con una sonrisa de gratitud por el tiempo que habíamos disfrutado. Más tarde, recapacitaba en la bañera del cuarto de baño de un lujoso hotel.

Volvimos allí. Otra vez, nuestras miradas y sonrisas estampaban una conexión especial entre los dos. Nos habíamos buscado, y había sido sencillo encontrarnos. Subimos, no pensaba en otra situación que la de hacer el amor con aquella mujer. Segundos después, nos besábamos de manera alocada, y, al poco tiempo, yacíamos con satisfacción en el suelo de la habitación; la complicidad era máxima. Me levanté indicándole que necesitaba ir al baño. Noté como su mirada se dirigía hacia mi cuerpo. Mientras, me encaminaba a recapacitar a solas. Miré de frente; observé el infortunio en mi rostro. Al momento volví a su lado con un cigarro en la boca, acercando mi cabeza a su hombro.

—Si supieras que éste es tu último día de tu vida. ¿Qué harías hoy?— le mencioné, de manera y con tono trascendental, aunque los dos notamos cierto nerviosismo en mis palabras. Ante la tardanza de su respuesta, la sequedad de mi garganta no me permitía continuar. Se quedó contemplándome y, por fin, sonrió.

—Acércate — nuestras frentes se pegaron, —seguiría haciendo el amor contigo hasta la extenuación; besándote, descubriéndonos, acercándonos, aprendiendo mutuamente— me susurro con una media sonrisa.

— ¿Y si yo fuera la persona que te va a quitar la vida, pensarías igual?— le pregunté con la mirada seria y desafiante.

—Si tuvieran que ser estos mis últimos momentos, quien mejor que tú para despedirme de mi existencia. Quiero morir feliz, y a tu lado, lo soy. A menudo, he soñado con mis últimos momentos; me aterrorizaba pensar la posibilidad de agonizar en un hospital debido a alguna enfermedad horrible. De esta manera, sería un trance feliz, aguardado.

Al momento, se adormeció; pero a mí, en cambio, me fue imposible conciliar el sueño. Mis pensamientos me descolocaban. Parecía que mi misión se simplificaba; hasta tenía la sensación que la victima no era tal, ¿era condescendiente con su final? Mi propia razón estaba justificando el hecho imperdonable, para el que me había preparado durante meses. Recordaba de mi aprendizaje que nunca debía concebir, en mi reflexión, la pregunta de porqué. Ahora, me la realizaba. Lo peor es que tenía una respuesta agradable; era consumador de los deseos de una mujer, tal vez inestable. Mi mente no pensaba con claridad. Tomé un vaso de whisky, y me dormí, aproximadamente, sobre las cinco de la mañana.

Cuando desperté, estaba en la cama, y a mi lado, ella…, se había encargado de preparar el desayuno. Se aproximó, y me dio un beso apasionado. Antes de empezar a desayunar, volvimos a liarnos con el sexo, varias veces. Eran las doce de la mañana, ya estaba exhausto. Desayunamos tranquilamente, disfrutando de una exquisita comida acorde al entorno donde nos encontrábamos. Necesitaba más tiempo para cavilar sobre todo aquello, aunque no estaba seguro de que mejorara la situación. Recapacitaba, pensaba en abandonar mi propósito; pero, al momento, reconocía que la realidad únicamente tenía un designio, y éste, pasaba por continuar donde estaba. En nuestras conversaciones, todavía no había aparecido ninguna cuestión personal. Ante mi interés, decidí plantear el tema; sin embargo, ella rehusó el contenido habilidosamente. Seguían pasando las horas en medio de juegos de diferentes tipos, y sobre todo, mucha confidencia agradable y madura. En un instante, involuntariamente, me fijé en la hora. Ya eran las nueve de la noche; el día había transcurrido de manera vertiginosa. La estancia en un espacio limitado tanto tiempo me producía cierta desesperación inquietante. Ella empezó a notarlo, y, al parecer, decidió tomar las riendas de la situación. Se acercó a mi lado, me echó en la cama y puso su cabeza sobre mi pecho; volvía a relajarme, lo necesitaba.

Me levanté, me dirigí a la barra de la cocina; todo estaba en orden. Saqué el compuesto y preparé dos copas de champagne. Rocié el preparado, lo removí. Palpé, en mis manos sudorosas, temblores y cierto grado de angustia; pero hacía lo que debía. Me acerqué con las dos copas a la cama. Se había despertado y sonreía con una mirada de complicidad asombrosa. Ya no tenía tiempo para dudas, así que me situé a su lado.

—Recuerdo tiempos buenos, y este va a ser uno más, tal vez, el más definitivo—suspiró ella.

—Tengo la sensación de empezar muchas veces; pero nunca, cuando acabar…, —mis lágrimas empezaron a delatarme. Ella me abrazó fuertemente.

—No tengas miedo, cada uno debe tener claro sus intenciones y propósitos antes de empezar, entonces sabrás cuando es el momento final. Es una elección.

Me levantó la cabeza con sus dos manos y me besó en medio de un suspiro. Fue eterno y aliviador. Quería que perdurara el momento hasta el infinito; pero entonces, acercó las copas sin dejar de besarme. Separó sus labios de los míos, y bebimos sin cesar. Nos tumbamos, debilitados. Nuestros dedos se entrelazaron; fue el desenlace para los dos.

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