sábado, 13 de septiembre de 2008

Disección

Todo empezó con un ¡ay!, nadie sabía de qué se trataba. A partir de ese momento, comenzó a aparecer dentro de ella una sensación de estupor. En ese instante, se dio cuenta de que algo ocurría, y se miró al espejo. Tenía clavado un cuchillo en la cabeza, justo en la frente; pero, aparentemente, no salía sangre de la herida. Se acercó su amiga Ángeles y apretó aún más el cuchillo sobre su cerebro.
— ¿Ahora sientes el dolor? —le preguntó.
— Todavía no — Contestó ella.
En estas situaciones, era cuando se daba cuenta de que debía dejar las drogas, sobre todo aquellas cuyos efectos producían alucinaciones macabras.

Estaba exhausta, viendo como toda sudada no podía ni moverse. A partir de ahí, la desesperación; su sistema nervioso empezaba a pasar factura a su cuerpo; no tenía movilidad en sus miembros. Aunque, por otra parte, conseguía poseer habilidades especiales: su cabeza era capaz de girar 180 grados sólo con el pestañeo del ojo derecho. Se encontraba echa un lío, ya no diferenciaba si su persona estaba influenciada por los estupefacientes o su imaginación se había disparado de una manera descontrolada. Nada era igual.

Aún recordaba sus primeras ocasiones de consumo, cuando se enchufaba a la realidad de una manera optimista. Se veía fuerte y segura, con un don único y la alegría de emprender nuevas situaciones. De hecho, en cada nuevo intento, buscaba aquellas sensaciones; pero ya no era, ni por asomo, aproximado. No existían momentos plácidos ni vigorosos, como mejora aparecían experiencias menos malas. Se producía una acumulación de aquellas situaciones desesperadas que no sabía como afrontar. Su carácter había envejecido, ahora no le interesaba lo novedoso ni lo desconcertante. Lo que buscaba era seguridad, y ésta ya estaba fuera de su mente. Había perdido su capacidad cognitiva para hacer frente a los problemas y no tenía puntos de referencia sobre los que reafirmarse.

De vez en cuando, un destello le hacía recordar su personalidad fuerte, asociada a unos principios intocables. En aquellos tiempos, cualquier problema, conflicto o situación novedosa en su vida era un reto. Todo ello era el punto de partida para nuevas experiencias que agrandaban su satisfacción. Hoy, lo intentaba, lo buscaba; pero le era muy complicado no conectarse; su trabajo lo requería. Debía sentirse dinámica y especial todos los días, exuberante, capaz; le servía para vender el mundo y consumirse en él. Todo era grandioso, gratificante; pero la caída era bestial, tremenda…
Inmediatamente, sus preocupaciones habían desaparecido. El estado actual planteaba el dilema de sobrevivir a lo ganador, golpeando primero y con más fuerza a la realidad. El subidón le permitía batallar en un puesto de trabajo que no permitía errores ni debilidades.


Siempre, sobre todo en su trabajo, la habían considerado una persona con capacidad de autorreflexión, cabal, calculadora; pero, en los últimos tiempos, esa fortaleza se había esfumado. Pero aún le quedaban resquicios de su personalidad que le permitieron realizar un análisis sobre su situación actual. Tuvo, su mente, la lucidez suficiente para proyectar su vida en un futuro a corto plazo. Sabía el horizonte del cual debía escapar. El único y gran problema era la búsqueda de situaciones capaces de motivarla e implicarla en un proyecto que le infundiera las fuerzas que no tenía. Escudriñaba en sus recuerdos; pero, al instante, se dio cuenta de que éstos no podían ser el origen del método y, además, la fórmula hacia una recuperación; creer en un futuro posible.

Tras unos días, pensativa y con una suficiente estabilidad emocional, decidió dejar su trabajo y costumbres habituales. Aparcó, dejó fuera de su vida todo el entorno conocido hasta ese momento. Dudaba que esto fuera el origen de su desesperación; pero debía intentarlo. Recibió un importe de valor económico considerado que le permitía, inicialmente, sobrevivir a unos gastos rutinarios; fuera de la inercia desorbitada de consumo que había acarreado hasta el momento. A partir de la toma de decisiones, empezó una recuperación por el gusto en placeres hasta ahora poco habituales en sus disfrutes. Se habituó a leer libros de todo tipo de género, especialmente, con temática filosófica. Inicialmente, le ayudaba a mantener su mente ocupada en busca de un rumbo a seguir. Parece que se trataba, no tanto de un camino, sino de una señal lo que necesitaba; algo impactante y rápido en su pensamiento. Mantenía su frenesí desbocado en la lectura, con gran capacidad de absorción de ideas. Pero, al parecer, se trataba de un pasatiempo para su mente que, con el tiempo, devino en un escenario de angustia y pesimismo. De todos modos, tenía claro de donde venía, pero no hacía donde dirigirse.

Los textos escritos se acumulaban en sus reflexiones y eran capaces de generar ideas continuas; pero, llegado a un punto, percibió que su salida del abismo no podía partir del mero raciocinio de su mente. Necesitaba palpar su esperanza en la experiencia, en la observación; requería plasmación real y estudio del resultado buscado. Decidió que iba a observar a sus semejantes, analizarlos, desmenuzar todas sus acciones, formas de vida, culturas adquiridas…, quería indagar en aquello que producía la alegría y felicidad en ellos, sólo entonces, obtendría el origen o causa de dicho resultado. Parecía sencillo, se trataba de buscar en los fundamentos que daban como efecto un modo de vida pleno. En esos mismos instantes, ya recopilaba información.

Agudiza los sentidos, quieta, inmóvil; como un edificio que rodea y resguarda al humano. Recoge sus vivencias, es fósil perfilado por la experiencia semejante. Permanezco expectante, irreconocible, sin ser detectada; quiere ser piedra, hoja, viento, y, sobre todo, gato. Todo empieza, el vacío, el silencio, la quietud…, y aparece el viento, se dispersa, se mueve, se balancea, y crea el sonido. Estoy aquí, inmóvil. ¿Y ahora qué?

Discurre la primera situación, se nutre de su actividad, reflexiona; no entiende nada. Examina dos personajes con los mismos condicionantes vitales, experiencias y contexto. El primero, se siente alegre; el segundo, desdichado; pero, al final, se trata del mismo ser. Está encerrado en un espacio limitado donde suenan los teléfonos. Ahonda en todo a su alrededor, ve noticias actuales y se mantiene informado. Es esponja, su conocimiento aumenta, ya distingue patrones de sucesos y conductas repetidas. Las analiza, las entiende y vuelve a impregnarse; absorbe mucho más. Está repleto de conocimiento, vivencias, situaciones; todo, en su intelecto. Sin embargo, recolecta, está repleto de ideas, de entendimiento. Aunque es incapaz de generar, de romper, de aportar. Quiere ser participe y contribuir a cambiar situaciones observadas que no son permisibles. No quiere ser transmisor de información. No quiere ser el canal que visualiza los hechos; no quiere ser espectador.


Pretende dejar de ser piedra para pasar a ser viento, actuar, generar el hecho; explotar, expulsar. Por fin no le apetece contestar con si o no, necesita concebir sus propias cuestiones. Llega el momento, plantea preguntas; actúa, cambia, modifica y se revela. Pero qué ocurre, de repente, vuelve a ver todo en color gris, advierte, encaja información, más datos; se bloquea y acaba siendo piedra. Quizás tiene miedo a sentirse sola, a guiarse por el impulso. Analiza demasiado, controla, no quiere más sorpresas. Pasan los días, y qué; vuelve a entender y ser ducha en materias. Sigue siendo lo que es, y eso le asfixia, muere viviendo. Piensa, no actúa; no piensa actuar. Sabe que debe actuar; no para sobrevivir, sino para existir.

¡Zas!, resuena una estridencia. Me saca y salgo de su cabeza, ¡qué alivio! Dejo de ser espejo de sus pensamientos. Quiero ser cuchillo otra vez, sin nada que explicar. Vuelvo a ser lo que era; pero ella, ¿está muerta? Ahora piensa, disfruta de lo que es, de lo que hace, como vive, simplemente; ya no tiene un cuchillo en la cabeza.

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